Larga noche sin hostal
sin dormir y solo caminar
me llevaron a presenciar
la distorsión francesa en su cabalidad.
Bellos paisajes correctamente alumbrados
chocaban con las caras de adolescentes,
extremadamente embriagados,
que gritaban a otra gente.
Larguísima costa de piedras
que se erosionan en cálidas aguas
de este esquisito Mediterraneo
revolcaba etílicas almas.
El arte del reciclaje,
aprendido hace dos años atrás,
acá me regaló chaqueta, chalas y cervezas
gracias a mi solidaridad.
Ahora recorro esta sureña costa
de la inmensa y esquisita Francia
preparando ya mi cabeza
para el verano que me alcanza.
En Barcelona pretendo echar raices
durante dos calurosos meses
donde espero que mi artesanía logre
mantenerme fuera de locales.
Niza es mi penúltima parada
antes de alojar en sofá francés
donde espero todo salga bien
y pueda ahorrar también.
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