Esta turística ciudad,
donde verde y café se mezclan en montañas,
es el habitat natural
de blancas y azules viviendas.
Con un comercio sin parar
decoran toda la medina
sin permitirme un tranquilo caminar
por sus calles laberínticas.
En el hogar
aparece un rastro de sangre latina
que me llegó a regalar
una humana historia empastada.
Acá seis franceses me intentaron integrar
a pesar de la barrera de lengua
algunos hablando español, otros el universal,
me comunicaron sus sueños e ideas.
En las callecitas ya no se puede pensar
gracias al agobiante acecho de amantes de monedas
que me impulsan a escapar
de lo que antiguamente habrá sido una villa perfecta.
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