Desde el más oscuro
hasta el repleto de blanco
el azul baña los cuerpos
de rezagados amantes del verano.
Diversos incoloros hogares
decoran ambos cerros deparados
hace muchos años por las creencias de sus habitantes
pero que hoy sólo sirven a los melancólicos.
El extenso mar trae de repente
grandes barcazas que obligan al recuerdo
de las cuantiosas monedas que acompañan a los veraniantes
y de la intensa vida escaseante en este pueblo.
Capital de todas sus vecinas
esta isla se gana mi voto
como un rico lugar para caminar sin prisa
en los calurosos días de otoño.
Con sus playas que mezclan cemento y piedra
Syros cobija mi sed de naturaleza
obligándome a alegrarme por la manera
en que relaja mi andar hoy día.
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