Ojos hinchados
llegaron a observar
este medieval pueblo
de la Inglaterra central.
Adoquines guiaban
mi incesante andar
a través de la hora
de conocimiento en este lugar.
Un pequeño castillo
planeaba conquistar
la mirada de la gente
con flores que obligaban tu entrar.
Flores que de diversos colores
dibujaban naturalidad
entre el cemento y el verde
que al ladrillo permitían reposar.
Ladrillo y ladrillo
aislaban el fluir
de calmas aguas
que al río alimentaban sin fin.
Aunque no dejo de olvidar
el nombre de esta ciudad
recuerdo constantemente
la hora de aprender y caminar.
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