I
Con los ojos clavados
en interminables olas
y la sombra de su cuerpo
bailando con la arena
me veo nuevamente en este paraíso
de surfistas y descanso.
Acompañado de su aliento
a cada lugar y hora
recorro extensas playas
que nacen entre árboles y palmeras
y que mezclan el café en degradé
con el azul y sus constantes variaciones.
Por que en este polvoriento pueblo
logramos finalmente
conseguir abundante alimento
tanto para el alma, la piel y el cuerpo
durante cinco soleados días
en que disfruté de sus hermosas perlas.
Que reflejarán día y noche
la plenitud lograda con el descanso
y la calidez del Sol y sus rayos
que llegaron para alegrar
no solo minutos acumulados de cansancio
sino también este enriquecedor viajar.
En Santa Teresa
aquella playa que alguna vez asombró
por el relajo y la poca explotación
pero que a pasos agigantados
se amolda a la globalización
y con ella el exceso de extranjeros.
II
Con una localidad inesperada,
condición solo favorable para unos,
convirtió mis horas de playa
en trabajo de cuerpo y cerebro.
En esta interminable península
que cambió esa hermosa compañía de amor
por viejos amigos
habitantes de mi natal pueblo.
Lejano de mi presente inmediato
pero vivo en mis planes futuros
fue devuelto a mi memoria
entre naturaleza, alcohol y risas.
Por que nuevamente logró
la cálida costa de Santa Teresa
asombrar mis apenados ojos
con su gente de distintas tierras.
Desde la sureña Argentina
hasta la medieval República Checa
todos buscan olas y vida
entre árboles y arena.
En este casi explotado pueblo
que se acerca hacia el abismo
pero que gracias a su energía
nos regaló cariño y comida.
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